Textos verídicos

A Pinochet
"....le deseo sinceramente un juicio justo, apegado a derecho y, en la
medida de lo posible, un calabozo limpio, cómodo y digno. Ojala que
nadie lo golpee, General, que nadie lo humille. Que no le confisquen su
casa ni su auto ni le destruyan su biblioteca. Que no le venden los ojos
ni lo tiren al suelo para darle patadas y culatazos. Que no lo cuelguen de
los pulgares, ni le administren descargas eléctricas en los testículos, que
no le arranquen la lengua, que no le hundan la cara en una pila de agua
de vómito ni lo asfixien metiéndole la cabeza en una bolsa de plástico,
que no le revienten los globos oculares, que no le quiebren los huesos
de las manos, que no le introduzcan ratas hambrientas por el ano, que no
lo violen, ni lo mutilen, ni lo hagan volar a pedazos con una carga
explosiva; que no disuelvan su entierro a macanazos, que no secuestren
a sus hermanos ni les arranquen los pezones a sus hijas. Es decir,
General, ojalá que no le hagan nada de lo que sus subordinados hicieron,
bajo las órdenes y la responsabilidad de usted, a miles de chilenos y
chilenas y a muchos otros ciudadanos de Argentina, de España, de
Francia, de Alemania, de Suecia. No. Que le organicen un juicio justo y
que le preparen una celda limpia y cómoda en la que pueda pasar sus
últimos años sin padecer frío ni hambre. No es nada personal. Es que si
eso se consigue, general Augusto Pinochet Ugarte, la humanidad habrá
dado un gran paso hacia el reencuentro consigo misma.

(Pedro Miguel)

Esta "dedicatoria" a Augusto Pinochet Ugarte, es uno de los más tristes que he leído. Refleja un sentimiento hacia el opresor que jamás se me había ocurrido que se pudiera tener. Tan grande debía ser su rabia y su odio, tan terribles debieron ser las calamidades que ocasionó, que con su encarcelamiento, la humanidad pudo dar un paso más hacia adelante para conseguir su objetivo: la libertad. El reencuentro consigo misma. Ese sentimiento, yo pienso que es el peor que se puede sentir hacia una persona. Sentir que la humanidad es más libre con su desaparición. Un sentimiento que no deja de ser irónico, porque, al fin y al cabo, no le desean nada de lo que han sufrido ellos mismos por su parte.

El lugar del hombre en la tierra

En la conducción de nuestra vida no podemos permitirnos ignorar la ordenación natural de las cosas. Es cierto que conservamos todavía la ilusión de ser los privilegiados entre todos los vivientes y de escapar a la regla común. El sentimiento de ser libres nos da una engañosa seguridad. Creemos ocupar sobre la tierra una situación muy superior a la asignada a las plantas, a los árboles y a los animales. Conviene, sin embargo, que sepamos de modo preciso cuál es nuestro verdadero lugar en la naturaleza.  Nuestro cuerpo, como se sabe desde Aristóteles, es una unidad autónoma, cuyas partes todas están entre sí en relaciones funcionales y existen como sirvientes del todo. Se compone de tejidos, de sangre y de espíritu. Estos tres elementos son distintos, pero inseparables unos de otros. Son igualmente inseparables, aunque distintos, del medio físico, químico y psicológico en el cual estamos sumergidos. Todas las substancias, pues, que constituyen los tejidos y la sangre vienen de este medio, bien directamente, bien indirectamente, por mediación de las plantas y de los animales. La mayor parte de nuestro cuerpo está hecha del agua de la lluvia, de los manantiales y de los ríos. Esta agua inferior tiene en solución proporciones definidas de sales minerales cuyo origen se encuentra en el suelo. Constituye el substrato de las células y de la sangre. Como la tierra y el agua de mar, contiene sodio, potasio, magnesio, caldo, hierro, cobre, y una cantidad de elementos más raros, como el manganeso, el cinc, el arsénico que nos aporta la carne de los animales, la leche, los granos, los cereales, las hojas de las legumbres, los tubérculos y las raíces. Son también los animales y las plantas los que suministran las materias azoadas, las grasas, los azúcares, las sales y las vitaminas indispensables para la construcción de los tejidos, para su conservación y para sus gastos energéticos. Los elementos químicos que entran en la composición del cuerpo son idénticos a los que componen el sol, la una y las estrellas. No hay diferencia alguna entre el oxigeno que respiramos del planeta Marte y el oxígeno que respiramos. El hidrógeno contenido en la molécula del glicógeno del hígado y de los músculos y el calcio del esqueleto son los mismos que el hidrógeno y el calcio de las llamas cinematográficas por Mac Math en la atmósfera del sol. El hierro de los glóbulos rojos de la sangre es semejante al hierro de los meteoritos. Los átomos de sodio que flotan como niebla ligera en los espacios intersiderales podrían ser utilizados por nuestros tejidos tan bien como los de la sal de nuestros alimentos. En suma:
elementos químicos de que se halla hecho nuestro cuerpo vienen del cosmos, de la tierra, del aire y del agua. Los elementos químicos se comportan de la misma manera dentro del cuerpo como fuera de él. Desde Claude Bernard, sabemos que las leyes de la fisiología son fundamentalmente las mismas que las de la mecánica, de la física y de la química. Los modos de ser de las cosas son invariables.[...]
En suma: nuestro cuerpo es un fragmento del cosmos, dispuesto de manera muy particular, pero en el cual se manifiestan las mismas leyes que en el resto del mundo. Está constituido por los mismo elementos que su ambiente físico.
   Hay también entre el hombre y su medio relaciones funcionales individibles. El medio se acomoda al hombre y el hombre al medio. Se puede decir que el medio es para el hombre lo que la cerradura para la llave. Hombre y medio forman las dos partes de un todo. En efecto; la superficie de la tierra presenta un conjunto de físicas y químicas excepcionales en el universo y enminentemente propias para nuestra existencia. Nuestro planeta retiene en su derrotero una atmósfera bastante densa para permitir a los vivientes obtener, aún sobre las altas montañas, el oxígeno indispensable para la respiración.[...]
Como Henderson lo ha demostrado, el medio cósmico se adapta a la vida, sobre todo gracias a las propiedades singulares de tres elementos: el oxígeno, el hidrógeno y el carbono, que forman el agua y el ácido carbónico. El agua y el ácido carbónico estabilizan la temperatura de la tierra. Además, el agua moviliza la mayor parte de los elemento químicos. Una vez movilizados, estos elementos penetran por todas partes y sirven de alimento a los vegetales. En fin, el hidrógeno, el oxígeno y el ácido carbónico son los más activos de todos los elementos. Forman los compuestos más numerosos y los edificios moleculares más complejos. Gracias al agua, que  les proporciona en solución la mayor parte de las sustancias químicas, las plantas  y los animales preparan los alimentos complejos que el hombre necesita. De ese modo, el medio se adapta a la vida. Al mismo tiempo, la vida se adapta al medio. Emplea para ello dos procedimientos diferentes. Consiste el primero en absorber o asimilar el medio. El organismo, por ejemplo, absorbe el oxígeno del aire y asimila las substancias alimenticias. El segundo procedimiento consiste en reaccionar contra el medio y en ajustar a él. Este ajustamiento se hace por un esfuerzo de los grande sistemas de adaptación. La repetición de este esfuerzo aumenta el poder de estos sistemas, es decir, de los vasos, de los centros nerviosos, de los músculos, de las glándulas, del corazón, de todos los órganos. Esta es la razón de que el individuo, a fin de alcanzar su desarrollo óptimo, deba luchar constantemente con su medio. La dureza de las condiciones de la vida es la condición indispensable para la ascensión de la persona humana.
     Los sabios cometen con frecuencia el extraño error de observar los fenómenos naturales como si ellos mismos se encontrasen fuera de la naturaleza. En realidad, forman parte de un sistema material compuesto del observador y del objeto de su observación. 
Nuestro espíritu, es cierto, no está encerrado en las cuatro dimensiones del espacio y del tiempo. Aun cuando estemos sumergidos en el cosmos, tenemos el sentimiento de podernos librar de él. De un modo que todavía no compremos, el espíritu es capaz de evadirse de la continuidad física. Sin embargo, continúa inseparable del cuerpo es decir, del mundo físico. Está sometido a este mundo.[...]
Si, como lo hizo Mr. Collum, se suprime completamente el manganeso de la alimentación de una rata, ésta pierde el sentido maternal. Por el contrario, cuando se suministra un extracto de glándula pituitaria llamado prolactina a ratas vírgenes, adoptan éstas a jóvenes ratas, construyendo nidos para ellas y las rodean de cuidados. Y a falta de jóvenes ratas, consagran su amor paternal a pichones recién nacidos.[...]
Es cierto que el estado del espíritu se halla condicionado por el cuerpo.
En suma: nuestro cuerpo está hecho de agua y de elementos tomados en el aire y en la tierra. Las leyes de la física y de la química se aplican lo mismo a los fenómenos que se realizan en el mundo interior de nuestros tejidos y de nuestros humores que a los del mundo exterior. Somos en la superficie de la tierra seres análogos a los demás seres; más próximos, sin embargo, a las plantas, los árboles y los animales, que a las rocas, las montañas, los ríos y el océano. Formamos evidentemente parte de la naturaleza. Tenemos lazos estrechos de parentescos con los animales superiores, en particular con los chimpancés y los orangutanes. Pero les superamos inmensamente por la potencia de nuestra mente. Gracias a nuestra inteligencia tenemos libertad de conducirnos como nos place. Es el sentimiento de la libertad lo que nos da ilusión de ser independientes de la naturaleza. Si bien cierto que somos libres, es cierto también que estamos sometidos al orden del mundo. Podemos, si lo queremos, no tener en cuenta ninguna de las leyes naturales. Sólo nuestra voluntad nos obliga a tomar en consideración las propiedades esenciales de nuestro cuerpo y de nuestro espíritu, y los modos de ser del mundo que nos rodea. Podemos, si lo deseamos, descender de un barco para caminar sobre las aguas, saltar desde lo alto del Empire State Building a la Quinta Avenida, habitar gracias al hashish entre las maravillas del país de los sueños, o abandonarnos a la corrupción de la civilización moderna. En otros términos; tenemos la facultad de comportarnos o no según el orden que emana de las cosas. Pero jamás conseguiremos romper los lazos que nos unen al mundo del cual procedemos. La voluntad del hombre será siempre impotente para modificar la estructura del universo. Como nuestros hermanos inferiores, los cetáceos de los mares polares, o los antropoides que viven en las selvas tropicales, formamos parte de la naturaleza. Estamos sometidos a las mismas leyes que el resto del mundo terrestre. Por razón de formar parte de la naturaleza, debemos, como lo enseña Epitecto, vivir conforme a sus órdenes. Tenemos que ser lo que somos en nuestra esencia de ser.

(Alexis Carrel) Texto perteneciente a "La conducta en la vida"

He publicado este texto (algo resumido), porque me parece muy interesante, ya que es cierto que nunca nos hemos detenido a pensar seguramente en lo que nos manifiesta. El hombre siempre se ha considerado el ser más superior de la tierra, sin embargo, ese sentimiento de superioridad no seria posible sin nuestro medio. Al fin y al cabo, no seríamos lo que somos sin la existencia de las plantas, del agua, del cosmos...
Yo pienso que Carrel, como biólogo, ha sabido "enlazar" muy bien los vínculos que existen entre el hombre y su medio y ha sabido profundizar muy bien sobre el tema. Sobre todo, me encanta la aportación que ha hecho al final, cuando dice que tenemos que ser lo que somos en nuestra esencia de ser. Es decir que, nosotros, como seres, debemos ejercer correctamente nuestro papel y tenemos que vivir en la realidad que nos corresponde como seres. Yo pienso que ésta es la parte esencial del texto. Darnos cuenta de que todo cuánto conocemos y nosotros mismos, formamos un todo, que es la existencia. Y que tal vez no exista tanta diferencia entre un hombre y una planta.

Carta del Jefe Seattle al presidente de los Estados Unidos

El Gran Jefe Blanco de Wáshington ha ordenado hacernos saber que nos quiere comprar las tierras. El Gran Jefe Blanco nos ha enviado también palabras de amistad y de buena voluntad. Mucho apreciamos esta gentileza, porque sabemos que poca falta le hace nuestra amistad. Vamos a considerar su oferta pues sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco podrá venir con sus armas de fuego a tomar nuestras tierras. El Gran Jefe Blanco de Wáshington podrá confiar en la palabra del jefe Seattle con la misma certeza que espera el retorno de las estaciones. Como las estrellas inmutables son mis palabras.
¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esa es para nosotros una idea extraña.
Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua, ¿cómo es posible que usted se proponga comprarlos?
Cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo. Cada rama brillante de un pino, cada puñado de arena de las playas, la penumbra de la densa selva, cada rayo de luz y el zumbar de los insectos son sagrados en la memoria y vida de mi pueblo. La savia que recorre el cuerpo de los árboles lleva consigo la historia del piel roja.
Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra de origen cuando van a caminar entre las estrellas. Nuestros muertos jamás se olvidan de esta bella tierra, pues ella es la madre del hombre piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el ciervo, el caballo, el gran águila, son nuestros hermanos. Los picos rocosos, los surcos húmedos de las campiñas, el calor del cuerpo del potro y el hombre, todos pertenecen a la misma familia.
Por esto, cuando el Gran Jefe Blanco en Wáshington manda decir que desea comprar nuestra tierra, pide mucho de nosotros. El Gran Jefe Blanco dice que nos reservará un lugar donde podamos vivir satisfechos. Él será nuestro padre y nosotros seremos sus hijos. Por lo tanto, nosotros vamos a considerar su oferta de comprar nuestra tierra. Pero eso no será fácil. Esta tierra es sagrada para nosotros. Esta agua brillante que se escurre por los riachuelos y corre por los ríos no es apenas agua, sino la sangre de nuestros antepasados. Si les vendemos la tierra, ustedes deberán recordar que ella es sagrada, y deberán enseñar a sus niños que ella es sagrada y que cada reflejo sobre las aguas limpias de los lagos hablan de acontecimientos y recuerdos de la vida de mi pueblo. El murmullo de los ríos es la voz de mis antepasados.
Los ríos son nuestros hermanos, sacian nuestra sed. Los ríos cargan nuestras canoas y alimentan a nuestros niños. Si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben recordar y enseñar a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos, y los suyos también. Por lo tanto, ustedes deberán dar a los ríos la bondad que le dedicarían a cualquier hermano.
Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestras costumbres. Para él una porción de tierra tiene el mismo significado que cualquier otra, pues es un forastero que llega en la noche y extrae de la tierra aquello que necesita. La tierra no es su hermana sino su enemiga, y cuando ya la conquistó, prosigue su camino. Deja atrás las tumbas de sus antepasados y no se preocupa. Roba de la tierra aquello que sería de sus hijos y no le importa.
La sepultura de su padre y los derechos de sus hijos son olvidados. Trata a su madre, a la tierra, a su hermano y al cielo como cosas que puedan ser compradas, saqueadas, vendidas como carneros o adornos coloridos. Su apetito devorará la tierra, dejando atrás solamente un desierto.
Yo no entiendo, nuestras costumbres son diferentes de las suyas. Tal vez sea porque soy un  salvaje y no comprendo.
No hay un lugar quieto en las ciudades del hombre blanco. Ningún lugar donde se pueda oír el florecer de las hojas en la primavera o el batir las alas de un insecto. Mas tal vez sea porque soy un hombre salvaje y no comprendo. El ruido parece solamente insultar los oídos.
¿Qué resta de la vida si un hombre no puede oír el llorar solitario de un ave o el croar nocturno de las ranas alrededor de un lago?. Yo soy un hombre piel roja y no comprendo. El indio prefiere el suave murmullo del viento encrespando la superficie del lago, y el propio viento, limpio por una lluvia diurna o perfumado por los pinos.
El aire es de mucho valor para el hombre piel roja, pues todas las cosas comparten el mismo aire -el animal, el árbol, el hombre- todos comparten el mismo soplo. Parece que el hombre blanco no siente el aire que respira. Como una persona agonizante, es insensible al mal olor. Pero si vendemos nuestra tierra al hombre blanco, él debe recordar que el aire es valioso para nosotros, que el aire comparte su espíritu con la vida que mantiene. El viento que dio a nuestros abuelos su primer respiro, también recibió su último suspiro. Si les vendemos nuestra tierra, ustedes deben mantenerla intacta y sagrada, como un lugar donde hasta el mismo hombre blanco pueda saborear el viento azucarado por las flores de los prados.
Por lo tanto, vamos a meditar sobre la oferta de comprar nuestra tierra. Si decidimos aceptar, impondré una condición: el hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos.
Soy un hombre salvaje y no comprendo ninguna otra forma de actuar. Vi un millar de búfalos pudriéndose en la planicie, abandonados por el hombre blanco que los abatió desde un tren al pasar. Yo soy un hombre salvaje y no comprendo cómo es que el caballo humeante de hierro puede ser más importante que el búfalo, que nosotros sacrificamos solamente para sobrevivir.
¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales se fuesen, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu, pues lo que ocurra con los animales en breve ocurrirá a los hombres. Hay una unión en todo.
Ustedes deben enseñar a sus niños que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, digan a sus hijos que ella fue enriquecida con las vidas de nuestro pueblo. Enseñen a sus niños lo que enseñamos a los nuestros, que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurra a la tierra, le ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, están escupiendo en sí mismos.
Esto es lo que sabemos: la tierra no pertenece al hombre; es el hombre el que pertenece a la tierra. Esto es lo que sabemos: todas la cosas están relacionadas como la sangre que une una familia. Hay una unión en todo.
Lo que ocurra con la tierra recaerá sobre los hijos de la tierra. El hombre no tejió el tejido de la vida; él es simplemente uno de sus hilos. Todo lo que hiciere al tejido, lo hará a sí mismo.
Incluso el hombre blanco, cuyo Dios camina y habla como él, de amigo a amigo, no puede estar exento del destino común. Es posible que seamos hermanos, a pesar de todo. Veremos. De una cosa estamos seguros que el hombre blanco llegará a descubrir algún día: nuestro Dios es el mismo Dios.
Ustedes podrán pensar que lo poseen, como desean poseer nuestra tierra; pero no es posible, Él es el Dios del hombre, y su compasión es igual para el hombre piel roja como para el hombre piel blanca.
La tierra es preciosa, y despreciarla es despreciar a su creador. Los blancos también pasarán; tal vez más rápido que todas las otras tribus. Contaminen sus camas y una noche serán sofocados por sus propios desechos.
Cuando nos despojen de esta tierra, ustedes brillarán intensamente iluminados por la fuerza del Dios que los trajo a estas tierras y por alguna razón especial les dio el dominio sobre la tierra y sobre el hombre piel roja.
Este destino es un misterio para nosotros, pues no comprendemos el que los búfalos sean exterminados, los caballos bravíos sean todos domados, los rincones secretos del bosque denso sean impregnados del olor de muchos hombres y la visión de las montañas obstruida por hilos de hablar.
¿Qué ha sucedido con el bosque espeso? Desapareció.
¿Qué ha sucedido con el águila? Desapareció.
La vida ha terminado. Ahora empieza la supervivencia.
                                                                   FIN

He publicado este texto porque me ha parecido interesante desde un punto de vista "ideológico". ¿Qué derecho tenemos los seres humanos a ponerle precio a nuestras fuentes de vida y a los elementos que forman nuestro mundo? Gracias a eso, se exterminan a miles de especies, se destruyen los bosques, se contaminan los ríos. Al fin y al cabo, le estamos poniendo precio a nuestra propia destrucción, estamos comprando la destrucción. Al final , nosotros mismos seremos los culpables de nuestra propia extinción, porque habrá desaparecido todo lo que hasta entonces nos mantenía con vida. Me gustan mucho las dos frases finales. Por este precio, hemos acabado con la vida, ahora habrá que sobrevivir con lo que nos queda, con lo único que no hemos comprado.

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